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CARLA ROBALLO LLAGUNO
La importancia de entender que vivimos en la Gracia
En mi búsqueda de internet el diccionario me ofrece la siguiente definición:
“Conjunto de cualidades por las que personas o las cosas que las poseen resultan atractivas o agradables”
Hasta el momento nunca me hubiese imaginado que una cosa u objeto pudiera ser contenedora de gracia. Sí entiendo que las cosas pueden llegar a ser atractivas o agradables y por eso llegar a ser tan amadas por las personas.
También deduzco que la gracia que esta definición proporciona puede poseerse como no, es decir, que no todo el mundo la tiene y que, por otro lado, no dice nada respecto de su permanencia. Si algo tiene gracia de continuo o por momentos, o si puede tenerse y luego no o a la inversa. Además, ¿cuáles serán esas cualidades que hace a uno o a una cosa poseedor de gracia? Tampoco lo especifica. Solo dice que es un conjunto de ellas, así que debe reunir unas cuantas.
Ser atractivo o agradable es algo que se comprueba en presencia de la persona u objeto y del paso del tiempo junto a él o ella. Hay una primera impresión que a todos nos sucede para determinar si algo a nuestro parecer es atractivo o agradable y es aquella que entra por la vista y esta referencia es la que comúnmente encontramos en la Biblia con la expresión “hallar gracia ante los ojos…”
En Génesis 6.8 es que aparece por primera vez esta frase: “Pero Noé halló gracia ante los ojos de Jehová”. La gracia siempre existió ya que es una cualidad perteneciente a Dios que es eterno, por lo tanto, todos sus atributos no solo son perfectos, sino también eternos. Pero se hace presente en el plano temporal de la vida humana a través de su carácter salvador, porque la humanidad necesita ser salvada. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (Tito 2.11) y “Porque por gracia sois salvos (…)” (Efesios 2.8a).
En ese contexto de maldad es que Noé halló gracia (la de Dios) para poder salvarse de la destrucción que vendría con el diluvio. Y esa gracia salvadora debe venir acompañada de fe como continúa diciendo Efesios 2.8 “por medio de la fe” y Hebreos 11.7 “Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase (…)”.
Moisés (Éxodo 33. 12-13), Ester (Est.2.9, 17 y 5.2), Rut (Rut 2.10) y María la madre de Jesús (Lc. 1.30) son otros ejemplos de personas que hallaron gracia o delante de Dios o delante de alguien de quien buscaban salir favorecidos. Gracia también puede entenderse como favor. Su origen etimológico nos dice que es un préstamo de latín gratia cuyo significado es “reconocimiento” o “favor. Yendo a una ejemplificación práctica, en su grado pleno hacer un favor es un accionar que favorece (beneficia) para quien se hace y no por estar mereciéndolo precisamente por una cuestión de derecho, si no de incapacidad. Y esos incapaces somos nosotros.
De aquí que podemos hacer alusión a la definición más divulgada entre los creyentes sobre la gracia que se enseña en los primeros pasos del discipulado y es aquella que dice: “Gracia es un favor no merecido”. Creo que hay que tener cuidado cuando queremos explicarla y afirmamos que gracia es aquello que recibimos pero que no merecemos. Esta frase tiene parte de verdad, pero no es clara en cuanto a qué sería aquello que no merecemos. Para que esta explicación sea un poco más directa, quizás agregaría la palabra salvación.
Pero la gracia no se trata solo de salvación. ¿Por qué necesitamos entender su importancia? Porque por la gracia vivimos, ella nos sustenta día a día. El creyente debe crecer en la gracia, debe dar de gracia, debe esforzarse en la gracia, ser administrador de ella y conocer al Dios de toda gracia. Y qué peligro pretender abusarse de esa gracia abundante. Peligro para el creyente, obviamente. Porque quien piensa que puede continuar pecando deliberadamente a causa de estar bajo la gracia realmente no ha entendido nada.
La gracia se opone a la ley (Rom. 6.14), a las obras (Rom. 6.11 y Ef. 2.8-9), a la muerte (Rom. 5.21), a la soberbia (Sgo. 4.6) y al libertinaje (Jud. 4). Ya no estamos sujetos a leyes que para nada aprovechan, nuestra salvación no fue obtenida por nuestros propios méritos, si no por los del Señor Jesús, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros pues nos espera una morada eterna en los cielos que Jesús nos ha prometido. Ser soberbio nos lleva a parecernos a quien se declaró enemigo de Dios y no reflejamos en nosotros el carácter humilde que tuvo Jesús en su paso por la Tierra. Aprovecharse de la libertad que a Cristo tanto le costó haciendo uso de ella para nuestros placeres y deseos es ser mal agradecido y no valorar el gran Sacrificio de la Cruz. Para experimentar y entender la gracia debo conocer todo lo que a Dios le costó y he recibido por causa de ella y demostrar en mi estilo de vida que hay un Dios de gracia que me alcanzó y desea alcanzar a otros pecadores con esa gracia.
